Gaggenau

El enólogo
“rebelde”.

Charles Smith, vinicultor autodidacta, se ha convertido en uno de los enólogos de mayor éxito del Pacífico Noroccidental, rompiendo gran parte de los esquemas del sector.

Líder de una banda de rock, ha pasado de vender botellas en una camioneta destartalada a obtener excelentes puntuaciones de prestigiosos catadores. Este enólogo estadounidense se aleja de las conservadoras etiquetas convencionales y apuesta por una imagen en blanco y negro que juega con recuerdos de la cultura popular.

Smith está muy orgulloso de lo que hace. A sus 52 años, es un vinicultor autodidacta que ha conseguido canalizar su insaciable curiosidad, su inagotable energía y su pasión por los vinos hasta obtener una completa gama de tintos y blancos que produce en la pequeña localidad de Walla Walla y sus alrededores, en el Pacífico Noroccidental. No es de extrañar, pues, que se haya convertido en el tercer productor de vino más importante del estado de Washington, con una producción de 650.000 cajas de caldos relativamente asequibles para el mercado mundial. Además le queda tiempo para recoger prestigiosos galardones y obtener excelentes puntuaciones por su viña monovarietal Syrah.

En enero de 2015, la revista especializada Wine Enthusiast le otorgó el título de “Global Winemaker of the Year”. El premio pasa a engrosar un conjunto cada vez mayor de codiciados galardones, entre ellos el “Best Winery of the Last Ten Years” y el “Winery of the Year” otorgados por "Wine & Spirits", la máxima calificación de la revista gourmet "Food & Wine", más una inusual puntuación de 100 puntos por su Syrah “Royal City” de 2006 por parte de "Wine Enthusiast", así como 98 puntos del influyente enólogo Robert Parker.

Pese al éxito económico y la fama, Smith ha mantenido una actitud realista hacia su oficio y su negocio. Baja de su viejo todoterreno y avanza hacia su sala de catas en el centro de Walla Walla. Un garaje de ladrillo se ha convertido en un elegante espacio diáfano donde casi nada desvía la atención de las filas de cajas en blanco y negro y una falange de botellas minimalistas alineadas en la barra. Se pasa las manos por la melena antes de ofrecernos una rápida descripción de su trayectoria profesional como uno de los principales enólogos de la Costa Oeste, con un total de siete etiquetas diferentes —desde las asequibles variedades Riesling hasta el Rhône de gama alta, con un precio de 100 dólares norteamericanos.

Todo ha sido fruto de una serie de afortunadas coincidencias, así lo explica Smith, originario de Sacramento: “Comencé mi andadura en el mundo del vino trabajando en restaurantes desde muy joven. Allí me di cuenta de que la persona que sirve el vino tiene el mejor trabajo de todos. Entra tarde, se va pronto y tiene ocasión de beber toda la noche.” Durante su trayectoria, Smith absorbió toda la información a su alcance acerca del vino: “Siempre aceptaba trabajos que sobrepasaban mis aptitudes, y eso me llevó finalmente a donde estoy hoy en día.”

Hubo un paréntesis crucial en 1990, cuando se fue a vivir con su novia danesa a Copenhague y se convirtió en líder de una banda de rock local. Smith afirma que aprendió una importante lección en su idea de hacer vino: “Al igual que cualquier persona puede entrar en una banda de rock ’n’ roll, cualquiera puede hacer vino. ¿Quieres entrar en una banda? Hazte con una guitarra. ¿Quieres hacer vino? Hazte con vid, compra algo de equipamiento, prensa la uva y haz vino. La humanidad ha estado haciendo vino durante siglos sin asistir a ninguna escuela especializada.”

Tras su vuelta a Estados Unidos en 1999, un buen día Smith llegó al tranquilo pueblo de Walla Walla, a unas cuatro horas en coche al este de Seattle. Aunque históricamente era conocido por el cultivo de trigo y por sus huertos, acababa de despegar como entorno apto para el cultivo de vid. Smith pidió un préstamo con la primera cosecha como garantía y en diciembre de 2001 lanzó sus primeras 330 cajas de Syrah K Vintners —una variedad de uva entonces desatendida sin demasiada competencia local. Hoy por hoy, es su buque insignia.

“Mi comunicación, mis etiquetas, mi envasado... todo es moderno. Reflejan la verdadera historia de lo que soy en el mundo contemporáneo. El blanco y negro es la forma de expresión más pura.”

La atrevida K que cruzaba toda la etiqueta sentó las bases de una gama cada vez más amplia de vinos. Smith define la suya como una filosofía en la que han influido los vinos europeos o como una forma clásica de elaborar vino con un toque “americano moderno”. “Mi comunicación, mis etiquetas, mi envasado... todo es moderno. Reflejan la verdadera historia de lo que soy en el mundo contemporáneo.” Smith deja que sus vinos hablen directamente a los consumidores con etiquetas simples. “Se han elaborado para personas que no hablan el idioma del vino”, afirma.

“El blanco y negro”, según explica este enólogo poco convencional, “es la forma de expresión más pura, como los folletos de un concierto de una banda de rock hechos con una fotocopiadora. En mis etiquetas utilizo señales visuales y emocionales afines a la cultura estadounidense que te dicen lo que puedes encontrar en el vino.” El superventas de Smith, un Riesling de nombre Kung Fu Girl, está inspirado en un famoso enfrentamiento de la película de Quentin Tarantino, Kill Bill, y su etiqueta muestra una luchadora lista para atacar.

En la sala de catas, un garaje de ladrillo reconvertido situado en el centro de Walla Walla, casi nada desvía la atención de las filas de cajas en blanco y negro y de una falange de botellas minimalistas alineadas en la barra.

Además de en esta sala de catas del centro de Walla Walla, también trabaja en la sala de catas original ubicada en un pequeño granero junto a la granja del siglo XIX en la que vive. Ahora está trabajando para consolidar y trasladar toda su producción de vino a Seattle, un próspero centro urbano del estado de Washington y todo un imán para el hedonista mundo de la alta tecnología.

Con una sala de catas a dos niveles y su propio restaurante, Smith está preparando su siguiente acto como un enólogo con los pies en la tierra. “Nunca he pasado de una cosa a otra ni he abandonado nada, siempre he ido añadiendo”, explica. “Soy enólogo, lo cual hace de mí un agricultor glorificado, pero realmente hago un trabajo manual y llevo el estilo de vida de la clase trabajadora. Mi idea es pertenecer a un colectivo urbano en el que la gente realmente hace cosas, al igual que yo. Para mí es muy importante exponerme siempre, ya sea en mi vida personal o en mi negocio vinícola, porque quiero que la gente obtenga algo que sea real.”

Texto: Steffan Heuer

Fotografía: David Magnusson

www.charlessmithwines.com


“Soy enólogo, lo cual hace de mí un agricultor glorificado, pero realmente hago un trabajo manual y llevo el estilo de vida de la clase trabajadora.”

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